*A continuación, presento otro cuento incluido en el universo de XS 200, el cual no fue publicado en la antología. Espero que lo disfruten.
Imagen tomada de CREARTE Magazine (http://creartemagazine.blogspot.com/2012/02/arteterapia-la-sanacion-del-pincel.html)
El cielo se había teñido, de pronto, de una enorme nube de color y
olor a rubí. Algunos transeúntes corrieron a esconderse bajo algún lugar con
techo para evitar ser atacados por aquellos pedazos de mineral. Le llamó la
atención ver a un niño que respiraba agitado mientras le salía sangre de nariz:
algunos no advertían lo peligroso que podía ser un fenómeno natural como ese.
Al poco rato, las calles quedaron cubiertas de esa ceniza que le daba un color
interesante a las avenidas de la metrópolis; en pocas horas aparecerían los
robots que limpiarían toda la suciedad.
La enorme urbe quedó paralizada por algunos instantes, incluso se
cortó la luz en algunos sectores. Las noticias la televisión anunciaba la
explosión del planeta Rubí, a varios miles de kilómetros de distancia y que esa
sería la causa de todo el alboroto e incluso de los inéditos problemas que
tenían en esos momentos para poder transmitir.
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Al parecer, se trataría de la
mayor explosión de los últimos 10 años, no logrando superar a la de 1999 que
produjo un temblor grado 5 en XS 200, aún a tanta distancia.
Las imágenes del archivo mostraban los enormes edificios
tambaleando ante los gritos de la gente que corría a todos lados, escapando de
lo que creía una catástrofe universal. La metrópolis no eran tan grande durante
ese momento: solo alcanzaba los 50 millones de habitantes y aún faltaba mucho
del planeta por descubrir y potenciar. Dejó las imágenes de la televisión a un
lado y abrió el ventanal para mirar la ciudad desde su balcón en el piso 220
del edificio Holograma, desde donde podía contemplar el horizonte en el cual la
metrópolis continuaba su expansión. Tomó en sus manos un poco de la ceniza
acumulada y la guardó en un recipiente de vidrio: olía a sangre. Se le erizó la
piel ante esta percepción que luego olvidaría para volver a ingresar a su
departamento, para depositar el recipiente sobre una mesa.
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Aún se continúa investigando
respecto a las causas de esta explosión que, como en aquella ocasión, podría
tener réplicas se recomienda mantenerse en casa, pronto los tendremos
informados de todo lo que está sucediendo.
La sonrisa de la periodista concluyó con aquella noticia que
llevaba más de 20 minutos en la pantalla, dando paso a la presentación de un
video musical lleno de luces de colores y gente que bailaba en una fiesta. El
sonido era tan real y potente que las paredes vibraban; incluso sintió
cosquillas producto de las vibraciones que había en su sillón. Se quedó sentado
algunos instantes mirando aquella presentación, sin prestar mayor atención a su
contenido. Se mantenía con su aspecto de seriedad, con un vaso en la mano,
mirando un punto fijo en la pared a través de las imágenes que desplegaban sus
colores de alta definición.
Sonó el teléfono. No hubo el más mínimo movimiento ring ring.
Acomodó sus pies sobre la suavidad y confortabilidad del sillón en el cual se
mantenía en silencio, casi durmiendo. Ring ring. Una tormenta de viento
levantaba la ceniza de color rubí que chocaba contra el ventanal. Ring ring. El
rubí le recordaba el color de aquella casa que encontró un día cuando caminaba
por la ciudad en busca de alguna imagen mental para poder capturar. Caminaba
sin un destino fijo y con una sonrisa que despertaba la atención de los que
pasaban a su lado, haciéndolos sonreír también. Ring riiiin. El cielo también
estaba de ese mismo color rubí cuando una luz de color amarillo se abrió entre
las nubes: era un túnel. Al parecer, nadie más se había dado cuenta de este
suceso: varios lo empujaron por quedarse inmóvil en medio de la pasada. La luz
se mantuvo encendida durante un instante, hasta que volvió a cubrirse por las
nubes: nunca más se le borraría esa imagen de la cabeza.
Cuando el teléfono dejó de soñar, acabó de beber lo que quedaba en
el vaso y lo dejó sobre la alfombra. Estiró una hoja en blanco reunió los
distintos colores de tempera que requería. Encendió la radio apretando un
diminuto botón escondido tras el sillón: la música produjo el ambiente que
estaba buscando para poder comenzar su tarea. Cerró los ojos y trazó en su
mente aquel paisaje que se había dibujado en el cielo para que pudiese
guardarlo, solo para su mirada escogido entre todas. Tomó el pincel y lo hundió
en el frasco con tempera, en un ritual que acostumbraba realizar a menudo, con
los ojos cerrados y casi sin más ruido que la de la suave respiración y los
latidos que le indicaban cuál era el momento preciso para comenzar.
Ring riiiing. Se le cayó el pincel de entre los dedos y fue a
rodar sobre su pie, que quedó marcada con una mancha de color verde. Miró
fijamente al aparato que estaba colgado en la pared: era de color negro y
vibraba con furia, haciendo que la pared también enloqueciera. La observó
durante un instante, sin intenciones de levantarse a contestar. Bajó su mano
derecha para retomar lo que había querido empezar, pero el teléfono continuaba
sonando con su molestoso chirrido que casi le producía sordera. Se acomodó el
cabello que le caía sobre la frente y se quedó con la mirada fija ante las
líneas de sus manos: ¿futuro? Eso era el gran misterio que nadie había
alcanzado a responderle en todos los años de vida que tenía. Riiiiiing.
Seguramente alguien llamaba para anunciar que se había ganado un premio, que se
había vuelto a habilitar el viaje a través del tiempo o que alguien había alucinado
con alguno de sus trabajos. ¿Futuro? Siguió con la mirada las líneas de su mano
y acabó antes de llegar a la muñeca: tomó el pincel y trazó líneas por doquier,
formando una extraña figura en su mano, una figura similar a un camino y a las
huellas de un caminante que no tenía un destino definido. ¿Futuro, te
preguntarás otra vez? Extendió su mano en el aire y plasmó ese dibujo en una de
las pantallas destilares, para no olvidar cuál eral a respuesta que se había
dado respecto a su inquietud del futuro. Futuro: una manzana de color azul que
cuelga desde un árbol de color celeste que flota sobre un río torrentoso; un
río que sube hacia el cielo formando una enorme y bella cascada, cuyo rugido
ensordece al silencio de las luces pintadas sobre la montaña. Futuro: el cielo
y las nubes de color rubí bajo las pisadas seguras de un caminante con la
frente en alto que sigue esa luz que aparece en un final del camino, allá bien
a lo lejos. Ring ring. El teléfono se quedó inmóvil en la pared y su sonido se
perdió con el golpe del viento contra la ventana.
Levantó en otra mano y se preguntó por el pasado. Lo que quedó
atrás, aquello que no sabe si es que acaso pueda volver a ver. Un beso dulce y
apasionado con aquella mirada ensoñadora que protege a aquel que entrega un
poco de su cuerpo. Una caricia desordenada que le hace caer el cabello,
nuevamente, sobre la frente y que hace que el mundo adquiera un silencio
adormecedor. Las líneas del tiempo avanzan en dirección opuesta y las
manecillas del reloj de piedra de la Plaza
Central comienzan a girar hacia atrás. Se encogen los
edificios, las luces desaparecen, van y viene las nubes de un lado a otro, la
nieve del suelo cae hacia el cielo, naves comienzan a desprenderse de la
superficie del planeta mientras la oscuridad comienza a reinar bajo tormentas
eléctricas que atacan as la nubes en las cuales se esconden, las manzanas que
suben a las ramas y se encogen, las manzanas que suben a las ramas y se encogen
junto a los árboles que desaparecen cuando los ríos ascienden hacia las nubes.
Y, de pronto, nada. Abres los ojos y te encuentras ante la nada: verde, blanco,
negro, azul o caleidoscopio que gira junto con tu mirada que pretende perseguir
alguno de los colores naturales de esa rueda que reproduce canciones de época.
Silencio en colores; música en blanco y negro. La petit morte[1]
y ese silencio en que crees que todo acaba, pero recién comienza. Los ojos
cerrados… y un ring.
En sus manos había un pedazo de rubí que brillaba con su
espectacular color que se reflajaba en las paredes. Los ventanales estaban muy
bien cerrados y el polvo chocaba al ritmo de la música casi muda que había
ruidos en los alrededores. Como un cántico, como una voz, como un silencio que
canta. (Una voz) El pedazo de rubí comienza a girar haciendo danzas en el aire.
(Otra voz) El pedazo de rubí se desarma con una explosión y vuelve a reunirse
con el mismo sonido, aún más violento. (Dame otra voz) El rubí rueda por la
encima de la alfombra y se sitúa en el centro de la hoja en blanco. (No te
muevas, don’t move!). Se queda en
silencio, sus luces no han dejado de brillar.
Toma el pincel en su mano y lo sumerge con lentitud en la tempera
que está dispersa en el aire y que flota ante su mirada, aún sin acercarse
demasiado a su piel. (Sweet dreams are
made of this). El pincel se empapa lentamente del color azul que flota
libre en el aire, que emerge desde el frasco abierto en el cual nunca habría
querido permanecer encerrado. El pincel entre sus dedos desciende lentamente
sobre el papel y se tiñe esa blanca piel se dibuja una mancha pequeña que
comienza a tomar forma. (¿No te gusta la forma que se dibuja? Puedes hacerla de
nuevo cuantas veces quieras, aquí no hay ningún límite). El caminante nace a la
otra orilla del río, con su semblante amable y sereno, con sus ojos soñadores y
enormes que por las noches trazan los viajes que ha esperado realizar. El
caminante está sumergido en el agua y el torrente, le llega un poco más arriba
de las rodillas, su piel sonríe ante el peligro que está próximo en la medida que
sus pisadas se hunden en la arena y el río quiere ocultarlo bajo su caudal.
Pero no hace frío. Del otro lado hay una enorme pradera del color violáceo con
matices de azul, hay chorros de agua de color rojo que bañan los árboles
celestes que adornan las blancas cimas soleadas. El pincel le dibujaba una
cadena y una flecha en dirección opuesta… no, no te gusta. A mí tampoco. Es el
momento de volver atrás, get ready.
Tomó el pincel con lentitud y ceremonia, respirando lentamente a
fin de capturar las ideas que ingresaban a su mente a través del viento.
Observó el pincel y lo acercó a la mancha flotante de color verde que divagaba
a la deriva en busca de un lugar en el cual quedarse. Se tiñó de su color a
naturaleza exótica, propia de un cuadro de fantasía: de retrociencia. Una gota
le cayó sobre el tobillo y, en silencio, se quedó en el lugar donde se había
caído. Su mirada continuaba concentrada en el pincel que comenzaba a escribir
esa historia de la sonrisa del caminante cuyos ojos soñadores dibujaban la realidad
de los alrededores por donde había caminado. Pintó sus propias huellas en el
camino que quedaba a sus espaldas, mientras el ruido de las olas adormecía la
mirada del pintor. El suave oleaje llegaba a sus pies y el sol primaveral
agradaba a la temperatura que pintaba un aire agradable. En el aire rodaban las
nubes con lluvia de colores amarillos que caían sobre su mirada, con pintas de
varios colores diferentes que combinaban con el paisaje. El caminante se
sumergió en el río y comenzó a nadar, ante la sorpresa del pintor, que levantó
el pincel sin poder entender. Pero se veía tan contento que no era, necesario
cambiarle el rumbo que el caminante se había autodeterminado, siendo Dios de su
propio micromundo.
La hoja en blanco se había convertido en un interminable universo,
lleno de luces de colores y planetas que daban vueltas alrededor de la montaña
más alta, pintada de color amarillo encendido que iluminaba todo el salón desde
el cual se dibujaba la historia. El caminante nadaba hacia donde el torrente lo
quisiese llevar: las líneas de las plantas de sus pies dibujaban un entramado
de caminos por los cuales había transitado hasta llegar allí. El pintor miró
las líneas de sus manos, que anteriormente había dibujado con tempera, y vio
que eran las mismas que el caminante llevaba plasmadas a sus pisadas. Lo siguió
con la mirada en ese nado suave, llevado por la violenta corriente que en
instantes lo hacía desaparecer sumergido bajo las olas. La historia continuaba
más allá de los límites que daba el papel en blanco, el ahora nadador se detuvo
al llegar a la línea y observó a su pintor, con una sonrisa le hizo un gesto
con la mano: lo invitaba a nadar junto a él. El pincel sonrió ante la
invitación, pero no hizo caso. Al lado había un espacio aún en blanco que no
sabía cómo rellenar. Acercó el pincel a su rostro y, sin darse cuenta, comenzó
a garabatear mientras pensaba. Cuando acabó de pensar, su rostro tenía marcas
de pintura aún viva que daba vuelta alrededor de su piel, por debajo de sus
enormes ojos soñadores y despiertos que ya estaban pensando en un utópico
presente.
El caminante seguía flotando sobre el torrentoso río que lo
llevaba a la deriva: no sabía si el agua continuaba o si el espacio en blanco
sería una isla en la cual podría descansar. El pintor continuaba con el pincel
que daba vueltas entre sus dedos pintados de todos colores en sus manos que
dibujaban miles de caminos por los cuales otros caminantes ya empezaban a
transitar. Los pies del pintor tenían restos de tierra y de pasto por sobre los
cuales había caminado. El caminante tenía la mirada llena de colores que a lo
largo de su dibujo había pintado. Sonrió nuevamente y reiteró su invitación
que, con un halo de duda que se pintaba en el aire, el pintor comenzó a
considerar con el pincel que fugaba sobre la piel de sus brazos. Se recostó
sobre la alfombra mirando al techo: los pinceles que dibujaban líneas sobre su
cuerpo le producían cosquillas. Los caminos tomaban formas sobre su pecho y
encontraban nuevos destinos sobre su ombligo, donde confluían las energías que
explotaban e iluminaban los alrededores. El rubí estaba pegado a una de las
paredes, flotando junto a los distintos colores que navegaban en la atmósfera.
El pintor continuaba recostado sobre la alfombra mientras la mano del caminante
tenía el pincel entre sus dedos y pintaba los mil colores que lo envolvían. El
pincel rodeaba los dedos de sus pies y se detenía en pintar minuciosos detalles
en las plantas, donde las imágenes del pasado y el presente se veían difusas
como la tormenta de polvo rubí que se despegaba del techo, que rompía el
ventanal con un golpe violento.
El pincel cayó al suelo, tiñendo de multicolor la alfombra que,
pese a todo, continuaba con su color blanco original. Rodó durante un instante
hasta quedar fuera del universo invencible que se exaltaba de colores y
movimientos luminosos. El polvo de rubí flotaba en el aire junto a los colores
mezclados en el aire. En el suelo, sobre la alfombra, un enorme cuadro hacía
ruidos el oleaje de un enorme río caudaloso adormecía el paisaje de ensueño. El
muchacho, con su cuerpo dibujado con todas las historias que se le pudiesen
imaginar, nadaba hacia donde sus deseos lo quisiesen llevar. El mundo –y los
mundos plasmados en su cuerpo- se movían junto al nado que las olas cobijaban
con sigilo. El paisaje no tenía fin.